Polarización social

Reconstruir la esperanza

José Luis Macías Guerrero

12 de junio 2020

Desde la perspectiva sociológica podemos aseverar que el conflicto y la tensión es componente inherente en cualquier campo y a todo ejercicio de relación social; para fines de este texto, hagamos énfasis en el campo de la política partidista, en éste la rivalización permanente se desarrolla por la conquista del poder político a través del sistema de partidos, ese hecho es entendible y explicable de manera razonable. 

Sin embargo, en el país y en medio de la tensión que vivimos como producto de la disputa por el poder político, observamos como trasciende y se acentúa la polarización social en un contexto en donde el fenómeno socioeconómico pone de manifiesto la acumulación de la desigualdad social reflejada en la exclusión de la mayoría de la población al acceso a la salud, a la justicia, al ingreso, a la educación, a la vivienda adecuada, entre otras, cabe señalar que estas carencias las venimos arrastrando desde hace ya varios lustros.

La desigualdad es un fenómeno preexistente al momento-país actual, por tanto, no es una problemática nacida a partir de la alternancia político partidista, pero es claro que el conflicto se ha agudizado y la polarización social se retroalimenta peligrosamente en este momento por el discurso maniqueo del propio presidente, de algunos medios de comunicación y de otros agentes sociales con intereses simbólicos fundados en el sistema político de partidos.

El grave problema al que nos conduce este hecho en la vida ordinaria es a la desaparición de todo posible consenso; al crecimiento del odio y la ira; a la intolerancia y exclusión del otro cuando piensa diferente; a la retroaimentación de la falsa conciencia; y a la desesperanza; todo ello es hoy un componente ordinario en el desarrollo de la relación social entre las personas de una misma familia, de una misma comunidad.    

Como producto de esta disputa, que ha permeado entre la población, se coloca en riesgo el pensamiento crítico, el uso racional en el debate; fortalecemos la apuesta de confrontación sin argumentos y está ausencia ha sido sustituida con un pensamiento acrítico, simplificador, compuesto de percepciones antagónicas y cargadas de peligrosa intolerancia.

Hoy es cada vez más común observar en pláticas a ras de banqueta o en las redes sociales disputas discursivas con cargas emocionales que además de rebasar los límites de la tolerancia caen el extremo de irrumpir disruptivamente la posibilidad de realizar ejercicios de reflexión fundados en la razón.

Gran cantidad de nosotros estamos obligados a voltear a vernos y reconocernos como personas que tenemos historias de lucha con similitudes, es claro que muchos de nosotros no somos enemigos, pero no todos tenemos el mismo interés sobre la política partidista o por el sistema de partidos.

Como agentes sociales, con intervención en diversos campos, estamos llamados a hacernos cargo y enfrentar la próxima nueva realidad en donde lo que se asoma es la profundización de la crisis sanitaria, económica, laboral, de ingresos que seguramente colocara a la vista más miseria, más pobreza y más muerte.

No podemos seguir desconociendo al otro, al que no piensa igual, no podemos ni debemos seguir con el discurso de odio, viéndonos como enemigos cuando con todo y las diferencias de percepción y pensamiento hemos ocupado una posición de clase cercana dentro del campo.

Estamos obligados a detener el epistemicidio al que nos ha llevado la polarización social desatada por las cúpulas del poder económico y político; necesitamos voltear hacia lo local para rehacernos con otros y reconstruir la esperanza en la víspera de tiempos de mucha oscuridad.     

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